Psicología

El entrenador de fútbol base cumple una importante misión en el desarrollo de los jugadores a su cargo. No solo debe mejorar su nivel técnico y táctico, si no que además es un espejo en el que los deportistas deben mirarse para aprender otros aspectos a los que tal vez no se les presta tanta atención, por lo que su presencia y liderazgo es determinante.


Navegando por la red, nos encontramos multitud de artículos sobre cualidades que debe poseer un buen entrenador o líder. No obstante, nosotros nos centramos en algunos aspectos a los que se les suele prestar menor atención, pero que igualmente ayudan a mejorar las características del líder.


El buen entrenador, sin importar el deporte, debe hacerse respetar desde la experiencia y sus conocimientos. Además, debe trasmitir seguridad y confianza, algo que muchas veces se confunde con el “nunca me equivoco”, una idea totalmente errada y que a largo plazo puede ser perjudicial. Pocas cosas demuestran más seguridad en una persona que reconocer sus errores, siempre que sepa descubrir el error, justificarlo (no es lo mismo que poner excusas) y sepa como poner remedio, lo que demuestra una capacidad de aprendizaje día a día.


Además de tener conocimientos, es importante la forma de comunicarlos, por lo que el entrenador debe, por un lado, conocer el grupo y sus características particulares, lo que sirve para adecuar el estilo de entrenamiento para obtener el máximo rendimiento, y además, saber trasmitir sus ideas o decisiones, siempre de forma razonada y con capacidad de hacer frente a las posibles dudas que pueden surgir. Especialmente importante a la hora de comunicar algo es cuidar el lenguaje, tanto verbal como gestual, ya que muchas veces se envían mensajes contradictorios entre lo que pedimos de forma hablada (p. ej. intensidad) y lo que nuestro cuerpo muestra (poca actividad).


Como papel de ejemplo o líder, el entrenador debe mostrar la misma entrega que exige a sus jugadores. Un entrenador no puede exigir algo que no esté dispuesto a cumplir, llámese puntualidad, esfuerzo o respeto a los valores positivos del deporte. Un último punto, por desgracia, que parece bastante complicado de cumplir ya que continuamente vemos entrenadores que no solo no actúan contra estos valores si no que además los ponen en práctica. Se debe alejar a los jugadores de conductas antideportivas, sean toleradas socialmente o no, actuando de forma promotora de valores positivos. Sin embargo, los jugadores deben conocer estos valores negativos para que puedan identificarlos y reaccionar contra ellos, lo contrario sería engañarles y sobreprotegerles.


Para obtener el máximo rendimiento, el deportista además se debe sentir apreciado y valorado tanto por sus compañeros como por el entrenador. Por ello, el entrenador debe preocuparse por el bienestar y desarrollo de sus jugadores. Una situación cotidiana para un adulto puede afectar de forma más intensa a un joven, y eso sin entrar a hablar en sucesos vitales estresantes como divorcios, fallecimientos, etc, que afectan profundamente incluso a los adultos. Si un deportista cambia de repente y de forma continúa su modo de actuar, deberemos preguntar si le ha sucedido algo, y aunque no podamos ofrecerle una solución, si debe tener confianza para desahogarse con nosotros, respetando en todo momento su derecho a la intimidad.


Por último, el entrenador debe relativizar el papel de los halagos y las críticas. No por ganar se es mejor ni por perder se es peor. Un modo de trabajo centrado en las tareas frente a los resultados es el más indicado para realizar correctamente esta cualidad. No olvidemos que estamos desarrollando deportistas, nuestro objetivo debería ser más hacerles capaces de enfrentar todo tipo de situaciones a través de la adquisición de nuevas capacidades que ganar utilizando una única cualidad. Como es lógico, este proceso lleva su tiempo, por lo que resulta fundamental tener planificados los objetivos que se quieren conseguir, estructurando además el modo de alcanzarlos.


Por último y a modo de conclusión, me gustaría señalar el debate interno que puede generar en un joven futbolista que dos figuras de referencia en su formación como un progenitor y su entrenador le transmitan indicaciones contradictorias, ya que corre un grave peligro de “quedarse en tierra de nadie”. Por ello, los mensajes desde la grada deben ser siempre de apoyo y aliento, reservando las indicaciones tácticas para el líder en esta faceta, que no es otro que el entrenador.